Con el fin de la política de dos bloques, los estados de bienestar socialdemócratas han sido desmantelados sistemáticamente, incluso mediante la "concertación" sindical.
Hoy, como resultado de este proceso, ya no existen pequeñas bonificaciones para las distintas categorías; el sistema es cada vez más insostenible. El Estado no tiene cabida en la mediación social, pero la sociedad debe ser sometida y disciplinada por cualquier medio: porras en las calles, división y control personalizado en el lugar de trabajo.
La actividad combativa de los sindicatos está paralizada, criminalizada, obstaculizada por un sinfín de restricciones al derecho de huelga, impopular entre la ciudadanía, dispersa en las campañas electorales y, sobre todo, eclipsada por los sindicatos estatales que administran el poder que les confieren los empresarios a través del gobierno, por encima de sus afiliados, en una venta irreversible de derechos. Incluso la esperanza de luchar por mejores empleos se desvanece; ni hablar de autogestión o modelos de una sociedad diferente. Las únicas propuestas de innovación parecen provenir de púlpitos tecnocráticos y se centran en el bienestar personal, el equilibrio entre la vida laboral y personal, etc.
Uberización, control mental y la pérdida de solidaridad
Los lugares de trabajo bajo el capitalismo siempre han sido espacios totales, que controlan no solo el cuerpo humano, sino también la mente. Pero en los últimos años, este proceso se ha acelerado violentamente con la uberización del trabajo, la autoexplotación de jóvenes trabajadores que desconocen sus derechos básicos y se ven obligados a competir entre sí, la concentración de empresas, la digitalización y la virtualización de todo.
Estamos presenciando la pérdida, no solo de la solidaridad de clase (¿y mucho menos de la solidaridad internacionalista?), sino de la solidaridad básica dentro del lugar de trabajo.
Existe una constante sensación de no ser necesario, de que el trabajo pueda ser subcontratado, robado por la tecnología o los inmigrantes, de que los títulos universitarios son cada vez menos valiosos y más caros... No es casualidad que una carrera militar se presente como una opción muy ventajosa, algo impensable hasta hace pocos años. Basta con pensar en el famoso «modelo alemán», que ofrece beneficios muy atractivos a los reclutas.
La opción militar como válvula de escape y nuevo feudalismo
En Estados Unidos, las fuerzas armadas, uno de los mayores empleadores, siempre han sido la única vía para que muchos puedan costearse la educación, la atención médica o simplemente un salario. Además, la retórica de la crisis permanente, útil para justificar el desvío de miles de millones a grupos bélicos y para el reclutamiento masivo, crea una casta extremadamente leal al gobierno, un nuevo feudalismo que, en caso de una crisis violenta, resultará sumamente útil para fines reaccionarios y para mantener el statu quo.
Fuente: Umanita Nova

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